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Hatters y shadowbanning

Los peligros de las redes sociales

Soy escritora de ficción, eso me hace percibir la realidad a través de un prisma, descompones las situaciones, los personajes y las ideas. Luego la realidad te rompe ese prodigioso trozo de crital cuando menos te lo esperas.

En mi próxima entrada, os contaré mis (malas) experiencias en las redes sociales y cómo una única imagen (la que ilustra este post) puede llevarte a un “shadowban” y arruinarte tu estrategia en redes sociales o que los haters se esconden en cualquier esquina.

La escritura como revancha

Como escritora novel, una parte del proceso consiste en ir asumiendo esa nueva piel. Así que, en mi última reunión de networking con mujeres directivas y empresarias, decidí presentarme como escritora. Las reacciones fueron variopintas, aunque la mayoría mostró curiosidad e interés, sobre todo al señalar que era novelista (en ese ambiente, había varias mujeres que habían publicado sobre temas profesionales).

Una abogada de empresa me preguntó si escribía para vengarme o para dar rienda suelta a mis deseos, como dejando por sentado que esas eran las únicas pulsiones de un escritor o, al menos, de una escritora de vocación tardía. Me quedé muda, ¿tenía necesidad de pasar cuentas cuando decidí escribir mi novela?

Hay quien dice que todas las novelas son autobiográficas. Quizá sea una interpretación algo laxa de lo que es una biografía. En todo caso, resulta inevitable que experiencias, frustraciones y anhelos del escritor se infiltren en sus historias.

Antes de animarme a escribir mi primera novela, había escrito unos cuantos relatos cortos que abordaban temáticas muy diversas y sabía que lo que suele motivarme es la pregunta «¿Qué pasaría si…?» (por eso se titula así este blog). Así que mi respuesta a la abogada impertinente fue un rotundo «Pero, ¿qué dices?».

Suelo tener las ideas muy claras y las expreso con firmeza sin demasiada reflexión en caliente. Luego, a solas, sin nada que perder, ya me pongo a darle vueltas a las cosas. Mientras regresaba a casa en coche iba pensando: ¿He querido resarcirme por algo que me ha ocurrido? ¿He querido vengarme de alguien convirtiéndolo en personaje y haciéndole vivir el sufrimiento que me infligió en la vida real? ¿He creado una escena para llevar a la ficción lo que no pudo ser en la realidad?

Tuve que reconocer que era imposible dar una negativa tajante a alguna de esas preguntas, porque, entre el bagaje de un escritor, los momentos dolorosos así como los deseos no cumplidos, son recursos muy potentes.

entre el bagaje de un escritor, los momentos dolorosos así como los deseos no cumplidos, son recursos muy potentes

Mi primera novela está basada en mis antepasados y anécdotas de mi familia, pero no tenía ninguna deuda pendiente. Lamentablemente (y lo digo desde un punto de vista literario), me crié en una familia de esas que pueden considerarse felices, así que no puede tirar mucho por ahí.

Lo que sí debo reconocer es que hay pasajes o escenas que recrean algunas situaciones que he vivido y, en alguna ocasión, he pensado en nombrar a algún personaje con el nombre de alguien que me la ha jugado. Como cualquier personaje, sería un títere que estaría a mi merced como autora. Podría hacerlo sufrir y al final se arrepentiría de lo que me había hecho. Sin embargo, como no me gusta el maniqueísmo ni los personajes planos, acabo queriendo a todos mis personajes y, al tratar de humanizarlos, ese deseo inicial de venganza acaba desapareciendo y se impone lo que la historia demanda. En conclusión, si alguien que me conoce se ve reflejado en un personaje, puede que sea mera casualidad y lo que le ocurra a ese personaje no tendrá mucho que ver con mis sentimientos hacia esa persona.

Así que no, no escribo para vengarme.

Respecto a dar rienda suelta a mis anhelos, pasa algo parecido. Me puedo plantear un deseo no satisfecho e incluirlo en la historia, pero al final siempre acaba cediendo a las necesidades de la trama. Así que hacer una lectura lineal sobre mis aspiraciones personales a partir de una historia sería un poco arriesgado. Todo escritor sabe que la fantasía tiene sus propias reglas y acaban doblegando la voluntad para imponer su camino.

Todo escritor sabe que la fantasía tiene sus propias reglas y acaban doblegando la voluntad para imponer su camino.

La única excepción serían las localizaciones. La casa en la que viven los protagonistas de «La esencia de la lluvia» está en realidad situada en Canet de Mar. Se trata de la Casa Roure que fue restaurada por mi tío en los años noventa para montar un restaurante de alta cocina. Me hubiera encantado vivir en esa casa, así que en ella situé gran parte de la acción. Sí, elegir un escenario para que transcurra una acción me permite recrear sitios en los que me gustaría estar, incluso en las escenas terribles.

Por fin, empiezo a entender por qué los protagonistas de las películas suelen habitar en casas extraordinarias. No es (solo) para que queden bien en la pantalla, es que a los directores, guionistas, productores, les gustan esos lugares.

Documentarse es perderse un poco

Buscar y rebuscar y luego encajarlo en el texto

Hay quien sostiene que es mejor escribir ficción únicamente sobre cuestiones que se conocen en profundidad. Estos autores piensan que, partir de la experiencia propia, incrementa la autenticidad y es una cuestión central de la ficción conseguir que el relato sea creíble a los ojos del lector. Otros, sin embargo, opinan que cuando el autor es menos ducho en la materia es capaz de desprenderse de algunos detalles que, aunque fieles a la realidad, no sirven al desarrollo de la historia o encorsetan a los personajes.

Mi primera novela se desarrolla en el convulso siglo XIX y yo, a partir de una formación en economía, me he dedicado profesionalmente al mundo de las tecnologías de la información, así que no era una conocedora de la historia antes de ponerme a escribirla. Sobre qué me llevó a alejarme tanto de mi día a día lo comento en mi perfil; en todo caso, una vez tomada esa decisión, tuve que iniciar un proceso de documentación extenso para poder enmarcar la trama en los acontecimientos históricos que podrían afectarla y sostenerla, dar realimso a la ambientación y evitar anacronismos.

Lo primero fue entender mejor el momento histórico y la elección obvia fue leer algún volumen de Historia. Elegí la de Ferran Soldevila que fue uno de los primeros historiadores en dar una visión de la Historia de España desde la periferia de la península. Un interesante descubrimiento, el convulso siglo XIX en el que se sucedieron reinados, gobiernos, alzamientos, golpes de estado, guerras, facciones, camarillas y el primer intento de república. Pasé de puntillas sobre algunos acontecimientos y me enredé con otros, como con la controversia sobre el asesinato de Prim, otra vez de actualidad tras una nueva autopsia (que finalmente no incorporé a la trama y me reservo para una posible spin-off en el futuro).

La Historia de Badalona dirigida por Joan Villarroya me permitió darle más profundidad a las escenas, añadiendo acontecimientos locales
— como el asalto al Ayuntamiento en julio de 1845 en que los quintos quemaron las actas de bautismo hartos de las constantes levas—, así con multitud de detalles sobre la transformación de Badalona desde pueblo marinero hasta convertirse en una pujante ciudad industrial.

Cuando llegó el momento de la ambientación y saber cómo se vivía en un pueblo en el primer tercio de siglo, rebusqué en multitud de publicaciones y la búsqueda «vida cotidiana siglo xix» debió subir en el ranking de Google, aunque la mayor parte de la documentación se refería a otros países europeos y resultaba difícil de trasladarlo a un pueblo de la costa catalana. Para conocer cómo se vestían las personas en función de su ocupación o de su nivel económico, visité el Museo del Traje de Madrid y su web, que permite una visita virtual, fue un recurso muy útil.

También leí varias novelas ambientadas en el siglo XIX, entre las que me gustaría destacar:

  • Dejar las cosas en sus días – Laura Castañón[1]
  • Peste y cólera – Patrick Deville

Hasta que llegué al punto de querer entender qué pensaban las personas que vivieron esos acontecimientos y eso me llevó a leer algunas de las novelas centrales del siglo XIX, (gratuitas y legales en Gutenberg Project) entre ellas:

Y por supuesto los artículos que el irrepetible Larra publicó en el periódico como Fígaro.

Todas esas lecturas fueron imperfectamente documentadas: tomé notas en papel, al dictado en mi teléfono y resaltando párrafos en los e-book. Esas notas están dispersas y, si algún día interesan a alguien, habrá que emplearse a fondo con el método “Marie Kondo” para encontrar cuáles acabé usando al final. Mucha documentación, mucha distracción, mucha diversión y un atisbo de procrastinación. Todo ese proceso llevó bastante tiempo, sobre todo porque me tocó compaginarlo con un trabajo demandante y una familia numerosa. Y es que documentarse es perderse un poco, y una etapa muy gratificante: no solo aprendí, sino que me surgieron muchas ideas que incorporar a mi historia.

Aunque nací y me crie en los escenarios de mi novela, quise hacer un recorrido exploratorio para refrescar la memoria. Visité Alella, los barrios de Dalt Vila y Baix a Mar en Badalona con nueva curiosidad, tomé fotos e intenté imaginarme cómo eran esas mismas calles hace ciento cincuenta años y cómo serían en sus años de esplendor algunas de las viviendas que seguían en pie. Visité el archivo del Museo de Badalona. Me puse en contacto con un grupo de Facebook interesado en la historia de Alella.

Si los escritores tenemos cierta tendencia a la procrastinación, la fase de documentación da mucho juego

Y luego está la Wikipedia. Quería hablar sobre la sal, sobre el lobo, sobre el litoral de la costa del Maresme. Y ahí estaba, siempre confiable, una fuente inagotable de conocimiento… y de distracción. Entraba para averiguar sobre el lobo, pinchaba en el enlace de la regla de Bergmann porque me llamaba la atención y acababa enfrascada en las reglas ecológicas en relación a la temperatura (muy interesante, nada relevante para mi historia).

Gracias a internet, me fue posible llegar a casi cualquier información pública: cuándo hubo un eclipse en España a finales del siglo XIX (y me encontré con que los más sonados fueron en Elche en 1860 y Burgos en 1905, por lo que no me encajaron), qué pájaros ponen huevos comestibles (una búsqueda que me sirvió solo para un par de frases en una escena), en qué fecha se publicó la teoría copernicana (y para mi sorpresa resultó que aunque la tesis heliocéntrica se había divulgado en la comunidad científica desde 1543, el libreto en el que se exponía no se imprimió hasta 1878). No me metí de lleno a explorar el carlismo o el surgimiento del nacionalismo como evolución del romanticismo del siglo XIX (y no lo hice de forma deliberada, no quería que los temas que desarrolla mi historia, el progreso, prosperar y el ansia de libertad, quedaran empañados por el caldeado ambiente político que se está viviendo en Catalunya), pero sí adopté otros temas propios del romanticismo: el individualismo, la ya mencionada ansia de libertad, la naturaleza o la nostalgia.

Tardé más de tres años en escribir esa primera novela. La documentación me llevó casi la mitad del tiempo. Seguro que hay imprecisiones, que hay elementos históricos que he tratado de forma negligente, aún y con eso, confío en que la mayoría de lectores podrán ponerse en la piel de mis personajes y revivir por unas horas qué pasaría si hubieran nacido ciento cincuenta años antes.

En realidad, si los escritores tenemos cierta tendencia a la procrastinación, la fase de documentación da mucho juego.


[1] En realidad, esta novela está ambientada a principios del siglo XX

Me gustan demasiado las palabras

El registro o por qué uso unas palabras y no otras

Se supone que a una escritora debe gustarle el lenguaje, alguien podrá llevarme la contraria y decirme que, muy al contrario, la base de un relato es la historia. Voy a dejar esta discusión para los teóricos y, falsos dilemas aparte, suponer que el amor por el lenguaje es una de las bases para ser un buen escritor. Tras una de las primeras sesiones de mi primer taller de literatura creativa en Fuentetaja, ya hace unos cuantos años, el profesor me reconvino «A ti te gustan mucho las palabras, ¿no?». Me estaba invitando a centrarme menos en el vocabulario y más en la construcción del relato, al fin y al cabo, en esos talleres se trabajan aspectos muy concretos en cada sesión —tipos de narrador, planteamiento de conflicto, construcción del personaje— y mi atención a las palabras podría estar distrayéndome del objetivo de aprendizaje de ese momento.

El uso de un tipo de vocabulario u otro, al igual que las decisiones respecto al uso frases subordinadas o los tiempos verbales, son decisiones muy personales del autor. En mi primera novela, al estar ambientada a finales del siglo XIX tuve que tomar la decisión sobre si utilizar un lenguaje más contemporáneo y una estructura más moderna para acercar la trama al lector y que pudiera ponerse en la piel del personaje, sin embargo, opté por utilizar un estilo más clásico, más decimonónico si se me permite, para conseguir esa ambientación.

En mi primera novela opté por utilizar un estilo más decimonónico para conseguir la ambientación

La utilización de cultismos, por ejemplo «parroquiana» en lugar de un más moderno «clienta» o «se acomodó el sombrero» para referirme a que se lo colocó bien fueron opciones fáciles de conseguir con un diccionario de sinónimos en la mano y, debo admitir el pecadillo, la función de tesauro del propio Word muchas veces me ayudó a buscar esas opciones que sonaban más anticuadas.

En el proceso de documentación, me leí varias novelas escritas durante el siglo XIX (sobre el proceso de documentación hablaré en mi siguiente entrada), de esas novelas extraje algunas expresiones cotidianas que hoy han caído en desuso como «de corriente» para referirse a «de forma habitual» o «asomada» que hace referencia a la costumbre de la época de algunas mujeres jóvenes y solteras de asomarse a la ventana o al balcón para que los posibles pretendientes las vieran e intercambiar miradas o, incluso, esperando piropos. También anoté objetos de la vida cotidiana que me ayudaron en la ambientación. De hecho, llegué a elaborar una lista bastante completa (os adjunto algunos ejemplos al final) aunque no llegué a utilizarlos todos, tampoco se trata de meter con calzador palabras que me gustan si no sirven a la novela.

Otra cuestión que influyó en la elección de las palabras fue que la novela estaba escrita en castellano, aunque transcurría en Cataluña. Los personajes, por tanto, hablarían en catalán y, por tanto, algunas expresiones de uso corriente resultarían artificiales en castellano, por ejemplo, hereu, bull o cor qué vols. Después de considerar distintas opciones, finalmente decidí mantener algunas esas palabras en catalán y usar la cursiva para remarcarlo. No incluí notas al final para traducir esas expresiones, porque entendí que casi por el contexto podría entenderse el concepto y, si a alguna lectora le interesaba encontrarlas, seguro que «San Google» la acogería en sus brazos.

Y a vosotras, ¿qué tal os gustan las palabras?

Algunas palabras y expresiones arcaicas

  • escusabaraja
  • alcorza
  • gabinete de historia natural
  • contradanza
  • rezando el Gloria Patri y la oración del Santo Sudario
  • albricias
  • fanegas
  • ser de la cáscara amarga, en el sentido de ser persona de ideas muy avanzadas
  • menesteroso
  • perdulario
  • es cosa decidida
  • casa de socorro

Algunas decisiones

Los cimientos de un relato

Si el origen de una historia está en esa pregunta que nos hacemos de “que pasaría si…”, el proceso de convertirla en una narración implica la toma de algunas decisiones que serán claves tanto en el desarrollo del argumento, como en dotarla de interés para el lector. Como escritora aspiro a conseguir atrapar al lector, cautivarlo y llevarlo a ese mundo que he recreado en mi cabeza. La pulsión interior de la que nace un escritor es muy variada y, sin entrar en el tópico de que “hay tantos motivos como escritores”, hoy no voy a entrar en qué me impulsa a escribir. Lo que sí quiero explorar es cómo, antes de empezar a plasmar una historia en palabras, tomo algunas de las decisiones importantes para conseguir crear el ambiente y el impacto que quiero conseguir en mis lectores.

como escritora aspiro a conseguir atrapar al lector, cautivarlo y llevarlo a ese mundo que he recreado en mi cabeza

Alguien podría pensar que lo importante es el argumento. Es cierto que un argumento potente es un elemento fundamental y, aunque hay grandes novelas escritas a partir de un acontecimiento mínimo, no es menos cierto que grandes historias se pierden por una estructura difícil o unos personajes estereotipados que no tienen profundidad.

Voy a tomar como ejemplo el relato corto Carretera perdida.

Empecemos.

[Atención, spoilers]

La elección del tipo de narrador es la decisión más clara e intuitiva. En este caso, quería entrar en la piel de la protagonista en su lucha por la supervivencia y que el lector tuviera ese punto de vista. Elegí un narrador con gran subjetividad ya que quería que el lector se metiera en la piel del personaje y pudiera sentir su lucha por sobrevivir. Esa subjetividad permitía también tomar distancia sobre los matones que atacan a la protagonista. No quería explorar cuáles eran sus motivos, ni siquiera invitar al lector a que se cuestionara por qué se comportaban como lo hacían. Utilicé la tercera persona, porque eso me permitía dar a conocer al lector qué estaba sucediendo más allá de los acontecimientos que vivía la protagonista y crear algo más de tensión respecto a la cuestión fundamental de “¿llegará a recibir ayuda a tiempo?”.

La elección del tono también fue fácil en este caso, puesto que el objetivo era revivir la experiencia de la protagonista, busqué centrar la atención en la experiencia física, con la idea de que en ese tipo de situaciones las funciones más reflexivas del cerebro quedan en un segundo plano y la prioridad es la supervivencia. El tono, por tanto, fue personal pero rehuyendo de lo reflexivo.

La decisión sobre cuál era el registro más adecuado, tanto en la elección del vocabulario, como en la estructura de las oraciones, fue algo más compleja. Finalmente, la decisión fue más bien intuitiva. Utilicé un vocabulario extenso y algo sofisticado, sin llegar a ser grandilocuente, para distanciar al narrador del personaje, y lo alterné con un vocabulario más intimista y cotidiano cuando quería meterme en la mente de la protagonista. A la hora de generar la ambientación, la elección de vocabulario y las imágenes sí fue totalmente consciente, en el primer párrafo, por ejemplo, el uso de palabras como “violencia”, “martillea” o “escupe sangre” anticipan el desarrollo de la historia con imágenes sombrías y vocabulario cada vez más tenebroso.

El uso del tiempo narrativo es otro de los factores clave. El relato empieza a mitad de una historia que, en total, transcurre a lo largo de pocas horas. Alterné el presente para desarrollar la historia a partir de ese punto, junto al uso del pasado en los flashback para ir descubriendo cómo ha llegado la protagonista a estar “tirada boca abajo” y luchando por sobrevivir. Eso, junto al uso de elipsis me permitió ir saltando espacios de tiempo para cimentar un relato no sé si de terror, pero sí de angustia, y mantener la tensión hasta el final. Porque la cuestión no es si podrá o no sobrevivir, sino si podrá reponerse a esa experiencia traumática.

Mi espacio de trabajo

Ordenar el caos para desarrollar el hilo narrativo

Lo primero son las ideas. Imágenes y escenas se arremolinan en mi cabeza. Dejo que el pensamiento fluya en un espacio multidimensional. Hacia adelante, en el sentido de la evolución de la historia, o hacia atrás, en el de los motivos que la sustentan. Hacia los lados, mientras los personajes van tomando forma, los eventos que hacen avanzar la trama aparecen en el momento más inesperado. Hacia lo desconocido, a medida que se abren nuevas posibilidades en forma de tramas secundarias y puntos de giro.

Esas ideas se mueven en una espiral con niveles crecientes de detalle y de riqueza. Empiezo a pensar en qué es lo que quiero contar, porque detrás de la historia, hay siempre una intención. A mí eso me resulta más complicado. Cuando me preguntan, ¿de qué va tu novela? Respondo con un resumen de lo que les pasa a mis personajes, aunque sé que eso no es más que una excusa para desarrollar algunos de los temas que me interesan: la búsqueda de una identidad propia, el enfrentamiento con el poder establecido o el significado de la felicidad.

Todo ello lo voy anotando en apps bajo títulos como “ideas y frases para nueva novela”. También tengo libretas varias en las que mis notas manuscritas me resultan difíciles de seguir pasados unos meses. ¿Qué estaba pensando cuando anoté esa frase enigmática?

voy anotando mis ideas en apps y libretas varias que resultan difíciles de seguir pasados unos meses

Por eso, finalmente me pongo a ordenar todas mis ideas. Tengo mi biblioteca de personajes, desarrollo una línea del tiempo con los principales eventos que he identificado, organizo las distintas tramas, creo carpetas con la documentación que voy a utilizar, acumulo fotos que me ayuden a describir la ambientación y, para todo ello, mi entorno de trabajo es fundamental.

Mi escritorio se llena de libros que puedo utilizar de referencia. Para mi primera novela, recurrí a la Historia de España de Ferran Soldevila, la “Història de Badalona” dirigida por Joan Vilarroya, el interesante nomenclátor de las calles de Badalona, el número especial que, sobre el centenario de la ciudad, publicó el diario “El Punt” o una recopilación de imágenes históricas.

La historia se desarrolla a lo largo del s. XIX que vivió muchas transformaciones tanto en el plano social, como político y científico. La cuestión del progreso es un tema central en la novela, por eso era importante que esa evolución se reflejara de forma adecuada. Escribí algunos de los principales acontecimientos políticos y sociales, las fechas de descubrimientos o inventos que tuvieron un impacto en la vida cotidiana, así como los principales eventos de la trama. Elegí colores distintos para cada tipo de acontecimiento y los fui pegando en un papel de embalar de metro y medio por cinco que colgué de mi biblioteca. Estuvo ahí un año y medio mientras iba desarrollando la historia.

El tiempo de la novela, casi nunca coincide con el tiempo de la historia, partimos de un punto y, mediante técnicas como el flashback o durante los diálogos, volvemos la vista atrás hacia el pasado, o incluso anticipamos lo que sucederá en el futuro. Elegir en qué momento y en qué secuencia vamos a contar al lector los sucesos, es una decisión crucial para mantener el interés y ayudar a comprender el desarrollo de la trama. Lo que hago es escribir en tarjetas el título de cada evento importante y los voy ordenando hasta que me siento convencida de cómo queda.

Respecto a los personajes, también dedico un tiempo de preparación para recrear cómo deberían ser. Intento que no sean demasiado tópicos y, para ello, me ayuda utilizar una guía en la que, no solo describo su aspecto físico o su carácter, sino también cuál es su biografía y aprovecho para darles nombre. Acabo por crear mi pequeña enciclopedia que luego tengo siempre a mano.

La tarea de juntar palabras la puedo realizar en cualquier lugar; el avión es uno de mis preferidos

Cuando ya tengo todo organizado, solo me toca empezar a escribir. La tarea de juntar palabras para acabar describiendo personajes, desarrollando escenas, introduciendo digresiones y creando la atmósfera adecuada la puedo realizar ya en cualquier lugar; el avión es uno de mis preferidos. Mi portátil es lo único que necesito y, por supuesto, los personajes cobran vida, los acontecimientos se desarrollan a medida que los escribo y toda esa organización previa, acaba transmutada en un nuevo universo.

Todo empieza con una pregunta

¿Qué pasaría si…?

La ficción es ese mundo imaginario donde todo puede ocurrir. Buscamos matar el aburrimiento, evadirnos de nuestras miserias, encontrar inspiración para encauzar algún dilema, aprender sobre el pasado o idear el futuro. Las razones que tenemos como lectores son inacabables según nuestras circunstancias. Sin embargo, aunque el proceso creativo es distinto para cada autor, todos viajamos por nuestro mundo particular a la caza de ideas, personas y situaciones que podremos luego desarrollar. Y, dentro de esa vigilia permanente, nos asalta muy a menudo esa pregunta desde la que nace la curiosidad: ¿qué pasaría si…?

En lugar de buscar verdades absolutas, el escritor se deja arrastrar hacia un mundo imprevisto

No diré que es exclusivo del narrador, también es la base de la investigación científica o del análisis financiero. Fruto de la curiosidad humana por entender el mundo que nos rodea. Lo que pasa es que, en lugar de buscar verdades absolutas o modelos de predicción del futuro, el escritor se deja arrastrar hacia un mundo imprevisto que va desgranándose paulatinamente hasta que esa pregunta acaba por transformarse en un conflicto que hay que resolver y, para ello, habrá que construir personajes, describir escenarios, desarrollar escenas que permitan llegar a ese punto culminante que es el desenlace.tengo una lista creciente de historias por desarrollar

Todos los días se me ocurren muchos “¿qué pasaría si…?” y tengo una lista creciente de historias por desarrollar. Luego, algunas languidecen, porque las respuestas son demasiado triviales, los personajes no tienen fuerza y se puede ventilar la historia con un meme en redes sociales. Para el resto, están las novelas y las historias cortas.